martes, 19 de julio de 2011

Los perros

Oímos ladridos en la calle y después gritos de gente. Nos asomamos y vimos a una pareja sujetando como podían a un perro de esos con mala fama, uno de esos que deben ir atados y con bozal y que nunca van atados y con bozal porque, para sus dueños, son el perro más bueno del mundo.
El caso es que aquel animal había atacado a unos perros más pequeños. Pertenecían a un chico joven que estaba tranquilamente sentado a la fresca de la noche y con sus mascotas sentadas a sus pies.

Se desató una pelea entre el chico y la pareja. La mujer se le encaraba con violencia. Suele pasar cuando uno no tiene la razón pero no soporta que le llamen la atención. Ella por lo menos gritaba. Su pareja en cambio sólo pedía, con cierta autosuficiencia, que se tranquilizara el dueño de los perros pequeños, que amenazaba con llamar a la policía. Después el imbécil se reía, como si también quisiera tener la razón. Nosotros, desde el balcón, éramos testigos mudos, pero me apetecía intervenir, porque si en vez de a un perrito, aquel perro despreciable hubiera atacado a un niño por la chulería de sus dueños de no cumplir una normativa clara y concisa, entonces no habría discusión posible.

Me daban ganas de bajar y quitarle la risa de un guantazo, y esa violencia que me provocó me dejó intranquilo toda la noche. No pude dormir hasta no sé qué hora, repitiendo la imagen del disgusto del chico mirando si su perro estaba herido y yéndose a casa cagándose en todo. Supongo que también me acordé de L., cuando salíamos a pasear y nos encontrábamos con perros enormes al trote, como los caballos de Atila, que daban verdadero miedo, mientras los dueños miraban para otro lado.