miércoles, 27 de julio de 2011

¿Quieres bailar?

Puse un disco en el reproductor. Sonaba la música y M. apareció en la puerta del estudio. Así que la abracé y nos pusimos a bailar. Ella me preguntó qué música era aquella y yo casi no contesté porque me concentraba en el olor de su cuello. Así que de pronto sólo había silencio sobre una melodía que nunca habíamos oído juntos y que significaba otra primera vez. Como tantas que nos ha tocado vivir juntos.

Pudiera ser que sólo fuera medio minuto, un tiempo insignificante en el que, sin embargo, comprendí muchas cosas. Acababa de leer el relato de Q. en el Mont Blanc, en el que hablaba de los sueños, de las cosas verdaderamente importantes. Y entonces supe todo lo que significa estar con M., lo que significa en mi vida, y tuve que disimular un poco para no emocinarme.

Después, mientras la veía preparar las cosas para irse, mientras el pelo le caía descuidadamente sobre la cara y hacía los gestos que siempre hace, me pareció algo tan mágico, que supe que era uno un tipo con suerte. Cuando se fue a trabajar, me sorprendí buscando algún otro disco, de larga duración si pudiera ser, para invitarla a bailar, a dejar las huellas sobre el parquet de una vida para siempre.