martes, 26 de julio de 2011

Tan lejos y tan cerca

Las ruedas se ajustan a la carretera como un guante. En tres días haré 2000 kilómetros. Algo a lo que estaba acostumbrado hace no mucho tiempo, ahora se me antoja una pequeña proéza. Puede ser que uno haya sucumbido a estar en casa, a no moverse mucho, a ese calor que se respira entre las cuatro paredes en la que hemos hecho nuestra vida.

El norte siempre tiene atractivo para mi. El cambio de temperatura, el color verde del paisaje, el clima donde siempre hay que llevar una chaqueta y el mar salvaje saltando contra el muro de la playa… Y efectivamente, salimos de Barcelona en verano y llegamos a Gijón en invierno. Llovía, las nubes oscuras tapaban el sol y la playa estaba vacía. Se quedó uno mirando el mar, ese horizonte infinito que hace que uno se sienta tan pequeño de pronto. Los turistas pasaban alrededor con chubasqueros comprados en los chinos, con cara de no saber dónde ir y buscando el sol en un lugar equivocado.

Seguían allí las tiendas de discos, las librerías donde perderse, el Dindurra para tomar el aperitivo y la gente vestida de domingo incluso entre semana. No me dio tiempo a hacer muchas cosas, seguramente porque no había mucho que hacer, salvo pasear. Un día de descanso entre ida y vuelta.

Y volví desandando el camino. Más temprano que en otras ocasiones, por las ganas de volver a casa después de muchos días echando de menos una vida al lado de M.