lunes, 29 de agosto de 2011

Fuera de temporada

Me percaté de que todos los relojes que tengo en le mesa estaban fuera de hora. Como yo estos días, que ando con el minutero perdido, como si no supiera qué hacer y de qué manera, sin ganas…
Nadie llama en la oficina, un ocio peligroso planea por las cuentas del banco y el calor lo aplasta todo con una repugnante lengua que se arrastra por la costa provocándome un sudor frío.
Ahora, de pronto, empezarán todos a cerrar los baúles de las vacaciones. Vendrán con sus prisas, sus vueltas a empezar, su no-tengo-ganas-de-estar-trabajando-pero-tengo-que-hacerlo y uno, que ha estado todo el tiempo en su silla, les diría: relájense queridos, que cada palo aguante su vela.
Estoy ahora fuera de temporada, como un hotel que en invierno se vuelve decadente y solitario, sólo poblado por dos o tres ancianos sacados de “Muerte en Venecia”, que ven partir los barcos como una metáfora de su último viaje. Hacia ninguna parte.