lunes, 15 de agosto de 2011

No me gusta tu moto, no me gusta tu cara, no me gustas tú…

Cuando iba al colegio había un tipo al que yo no le gustaba. Nunca supe la razón, pero aquel desgraciado se pasó un año entero pegándome en cualquier esquina, humillándome a la primera de cambio, riéndose con sus amigos cuando me encontraba solo por la calle. De pronto un día encontró otro al que torturar y se olvidó de mí. Años después, me lo encontré de dependiente de una tienda de ropa y me dieron unas enormes ganas de quemarle la tienda al estilo de los alborotos de estos días en Londres. Pero su simple cara de imbécil me hizo comprender que era un pobre infeliz, viendo como perdía el culo por traerme la talla que necesitaba mientras yo le hacía sacar todo el muestrario del almacén para no comprarle nada y decirle que todo era “feo”.

Un día, parado en un semáforo, se me puso a un lado un coche tuneado con dos tipos. Ya eran mayores. Se empezaron a meter conmigo, que si el casco no sé qué, que si la chaqueta no sé cuántos… Yo pregunté qué pasaba, porque no entendía nada, y ellos amenazaron con bajar del coche para partirme la cara. De pronto, un coche de policía se detuvo a su lado. Habían presenciado la escena y los hicieron bajar del coche sí, pero para pedirles la documentación. Uno siguió rumbo a su casa sombrío y muy triste.

Esta vez estaba la policía, pero cuántos casos de tonterías de este tipo suceden cada día, cuántos chulos hay dispuestos a generar violencia para nada y cuántos altercados tontos acaban con un cuchillo, una barra de hierro, una ambulancia...
Los motivos son además esos, no me gusta tu cara, no me gusta tu moto, no me gustas tú…