martes, 9 de agosto de 2011

Retiro (1)

Se retiran los cantantes, los escritores, los artistas… Pero los trabajadores simplemente se jubilan. Una reflexión tonta para explicar con algo más de detalle que lo que ha venido a hacer uno aquí un par de días no es ni una cosa ni la otra.
Un retiro como éste tiene mucho de espiritual, mucho de verse las vísceras a uno mismo y eso puede ser, para según quien, un problema. No siempre es agradable mirarse por dentro, dejarse la ciudad en casa y explorar las carreteras secundarias que conducen a los sentimientos.
Y eso es, precisamente, de lo que se trata.

Nos levantamos a las cinco y media de la mañana, cuando aún hay que andar con linternas y todo el lugar se convierte en una especie de “Encuentros en la tercera fase”, como si estuviéramos esperando el desembarco de un E. T. cualquiera. Aquí se practica una austeridad moderada, la suficiente para darse cuenta de la dependencia que uno ha adquirido de ciertos hábitos, y se empieza la mañana con una meditación y un kirtan, una actividad que consiste en cantar todos juntos siguiendo una voz maestra. Todo esto es al aire libre, con el frío de la mañana, y culmina con una clase de Hatha Yoga que uno nota un poquito más dura que las que viene haciendo entre semana.

En mi valentía un poco cobarde, en mi pragmatismo poco espiritual, haré estos días una mezcla entre lo que es el retiro más férreo, es decir el que te obliga a una disciplina durante toda la jornada, y unas vacaciones en las que, salvo las clases de por la mañana y la meditación de la noche, el resto del día es libre. Supuestamente intentaré escribir, dibujar –esa afición para la que nunca encuentro cinco minutos- y leer una maleta llena de libros que prácticamente son todo el equipaje.

Uno es un poco señorito –no lo vamos a negar a estas alturas- así que lo de dormir en literas rodeado de unos señores desconocidos, compartir un lavabo y una ducha, no son a priori un deleite para mi. Aunque lo he tomado con filosofía y un intento de acercarme a mí mismo, reconozco que la primera noche me es imposible pegar ojo. Al día siguiente, cuando a la luz del día puedo ver la imagen de mis compañeros de habitación y hablar con ellos la cosa cambia. Los desconocidos pasan a ser personas con las que compartir una experiencia en la que estamos juntos.

Y esto me recuerda a un viaje que hizo uno desde León hasta Barcelona. En aquel entonces el tren venía de Galicia y no pasaba por Asturias, así que fui en coche hasta León para subirme a un vagón litera a eso de las dos de la mañana. La sensación de entrar en un compartimiento a oscuras, con todas las camas ocupadas menos una y con alguien que gritó “esa puerta, joder”, mientras uno intentaba ver el número de su litera, me aterrorizó. Pasé toda la noche en vela, inmóvil, sin quitarme la ropa, oyendo ronquidos y concentrándome –lo recuerdo bien- en un disco de Billy Squier “Enough is enough” (casualmente algo así como “ya basta”) que llevaba en el walkman de casete del tamaño de una nevera.
A la mañana siguiente, cuando había conseguido un estado de vigilia muy cercano al sueño, despertó una familia entera, abuela incluida, que me invitó a desayunar chorizos picantes, queso, pan y café de un termo. Uno rechazó los sólidos y aceptó el café para ver si el estómago se le colocaba de nuevo en el sitio.

(Continúa mañana)