miércoles, 10 de agosto de 2011

Retiro (2)

Después de la primera noche se frota uno los ojos con dos gotas de lluvia para no tener que pisar el lavabo, pero fue sólo el primer instante, después ya visitaba los lugares comunes con la seguridad de que el agujero del desagüe ya nos había visto el trasero a todos y nos tenía fichados. Escatologías aparte, lo más difícil son sin duda los horarios. Sobre todo los de las comidas.

Al madrugar tanto y estar en activo desde primera hora, las diez de la mañana se antojan las dos de la tarde, pero siguen siendo las diez cuando se sirve la comida. Y ahí empieza uno de mis primeros choques con el sistema. Meterse entre pecho y espalda un pantagruélico combinado vegetariano a esa hora, acostumbrado a una tostadita y una galleta, me obliga a dejar la mitad de la comida y a rogar que en la próxima ocasión mi menú sea infantil. Poquito, por favor.

Después de esa hora, los que que hacen el retiro completo vuelven a las clases y uno se enfrenta a toda la jornada libre hasta las seis, que es cuando se cena, otra vez, de manera abundante. El paladar se acostumbra enseguida a la comida cuando es buena, pero reconozco mi dificultad en comerme cosas que nunca había probado y otras que, aunque conocidas, son cocinadas de manera distinta. Echa uno de menos un postre, algo dulce, ese chocolatito con el café, pero también, consciente del sitio donde estoy y para qué he venido, la sensación es momentánea y pasajera.

M. lleva aquí ya una semana. No nos hemos visto en todo ese tiempo, pero tampoco hacemos alardes de nuestros sentimientos como lo haríamos en casa. Y no es que le fuera uno a saltar encima como un animal en celo –nada de eso, porque uno además de señorito es un caballero- pero claro que se echa de menos ese beso de buenos días, buenas noches, buenas madrugadas…

Me sorprende también la gente que comparte estos días. La disposición a entenderse, a asumir las propias limitaciones, a compartirlas si fuera necesario, me hacen descubrir que personas que tal vez viven en tu pueblo, en tu calle, tienen una mirada de las cosas muy próxima a la tuya. El mundo, tal vez, no es ese lugar monstruoso después de todo.