jueves, 11 de agosto de 2011

Retiro (3)

El orden del día, como ya he dicho, arranca a las cinco y media de la mañana. Puede uno permanecer en la cama hasta las seis, ya que hasta las seis y media no empieza la primera meditación, pero casi todo el mundo opta por una hora intermedia para poder utilizar los lavabos de manera ordenada y despertarse.

La meditación es algo que no había hecho hasta ahora. No es algo tampoco fácil de entender. Sí el procedimiento a seguir, pero no exactamente lo que se pretende. Básicamente se trata de estar sentado con las piernas cruzadas y totalmente quieto. Deteniendo el cuerpo también podemos detener la mente y ahí viene la gracia de la cosa. Los neófitos utilizamos el recuento de respiraciones para evitar cualquier otro pensamiento, algo así como contar ovejitas pero sin dormirse, aunque es muy difícil aguantar así durante media hora. Consigo no moverme, pero la mente vuela lejos, entre los árboles, hacía los problemas de la oficina, hacía el estudio nuevo, hacía el bosque de guitarras que uno no puede tocar ahora mismo.

Después sesión de respiraciones y cantos. Las letras de las canciones están en sánscrito, pero son muy fáciles de repetir siguiendo la voz maestra. Lástima que uno no entienda la letra, aunque la música, como siempre me ha pasado, tiene la capacidad de emocionarme por sí sola. Lo demás se lo imagina uno, como ha hecho toda la vida con algunas canciones en inglés.

La clase de Hatha Yoga dura una hora y media. Aquí sí que lo pasa uno regular. No sólo porque desconozca algunas de las asanas (posturas) sino porque toma verdadera conciencia de sus oxidación corporal y de la necesidad de un chupito de 3 en 1 para ser un poco más flexible. Pero el yoga no es una práctica donde “hay que llegar a…” sino que se trata más bien de hacer un camino. En ese sentido tiene cierto paralelismo con el hecho de hacer canciones. El verdadero aprendizaje, el disfrute, reside en el proceso de creación no en el resultado final. Entendiendo, claro está, la música como algo artístico, no como algo comercial.

Después, a las diez, se come. La comida es abundante, como ya he dicho, y al segundo día pido reducción de menú pese a las advertencias de mis compañeros de que hasta las seis no hay más alimento que llevarse a la boca. Pero, como estaré leyendo o escribiendo y no he sido nunca de grandes comilonas, desoigo el consejo y me encontraré a las seis con un plato más acorde con mi estómago de Famóbil.

A las doce prosiguen las actividades para los que hacen el curso, y yo pretendo dedicar ese tiempo a todas esas actividades antes citadas, a relajarme mirando el paisaje o a dar un paseo por los alrededores. Pero, finalmente, fracaso en todos los planes. Supongo que puedo buscar mil excusas. Que si no encuentro un sitio adecuado para leer, que las sillas no son demasiado cómodas, que el tiempo está regular y al aire libre sopla un viento ciertamente molesto… en fin, una colección de pequeñas trampas que se pone uno para rebelarse contra sí mismo y contra unos planes que había trazado. Eso enseña a ver lo férreo de algunas disciplinas que uno se impone y que conducen a una desagradable sensación de fracaso cuando no se pueden realizar. Habría que desprenderse de todo eso. 

Así que mucha parte de ese tiempo lo dedico a pensar, a mirar el horizonte que se desdibuja en la lejanía y hacer balance de todo lo acontecido en estos dos últimos años. Cuántos cambios, pienso entonces, y me doy cuenta de que ha sido M. el auténtico motor de todo, y no puedo dejar de sentirme afortunado. Se me escapa alguna lágrima –porque uno, además de señorito y caballero, sigue siendo un sentimental- y me encuentro de pronto dándole gracias a los árboles, al paisaje y a unas hormigas grandes como rinocerontes que se suben por los pies estropeando un momento delicadamente ceremonioso.