viernes, 12 de agosto de 2011

Retiro ( y 4)

El siguiente día transcurre igual que el anterior. De eso se trata, de tener una disciplina, unos horarios, y cumplirlos. Se ofrece uno a ayudar en algo, pero como todos los trabajos están asignados y todo el mundo quiere hacer lo suyo, me encuentro un poco perdido viendo como otros ponen y quitan la mesa, desinfectan los lavabos o friegan los platos.

Es el último día y, pese a lo corto de la estancia, siento cierta tristeza de dejar a mis compañeros aquí. Es una sensación extraña, como si no me hiciera falta hablar para tener cierta comunicación con los demás y los demás conmigo. Hasta con uno de ellos, con el que no había hablado en todo el tiempo, parece haber, al final, una afinidad, un tema en común.

La alegría de reconocerme en esta actividad social se ve truncada por mi estómago. Mejor no hacer alardes escatológicos de mi despedida entre arcadas y evacuaciones varias (que me impiden hacer la última meditación) y me obligan a un adiós precipitado y genuflexo, eso sí, pero en el lavabo. Un sudor frío me recorre el cuerpo. De pronto estoy helado, de pronto sudo a chorros. Finalmente abandonamos el lugar y no me da tiempo apenas a despedirme. En casa sigue uno igual hasta quedarse dormido, exhausto.

Pero es al día siguiente cuando uno empieza a darse cuenta de lo vivido, que no ha sido poco. Un par de días y me encuentro como si volviera de un viaje iniciático de meses por un mundo desconocido. No sé aún si me apetece repetir la experiencia, pero sí reconozco que hay algo ahí, algo que mueve fichas por dentro y que hace que la vida se vea con otra perspectiva. No es nada religioso, pero sí espiritual, y eso es muy difícil de definir sin que le tachen a uno de místico o de iluminado. Compartir eso, aprender de las carencias de uno y someterse a ellas requiere mucho valor, y eso es lo que tienen los que están allí un mes. Uno, en dos días, se ha enfrentado a algunas cosas que intenta evitar para que no sean un problema, que ha escondido debajo de la alfombra de la normalidad para no ver, no oír, no hablar de ellas. Y esto ha sido una especie de limpieza. Hasta el vómito del último día parece escenificar en lo físico ese vacío, esa manera de dejar libre el recipiente para empezar de nuevo. Enfrentarse a los miedos para que dejen de ser una rémora pegada a la espalda. En un retiro como éste salen solos, porque son tan cotidianos como la comida, el sitio donde se duerme o donde uno se cambia de ropa. Todos iguales, todos distintos.