martes, 23 de agosto de 2011

Verano del 83

Recuerdo aquel verano del 83, cuando mi vecino se accidentó con la bicicleta y la barra del sillín le entró por la entrepierna como una lanza. Creímos que había quedado desgraciado para toda la vida, pero el otro día me enteré de que había sido padre un par de veces. También “El Rock de una noche de verano”, de Miguel Ríos, mi primer concierto grande, grande de verdad, y la primera vez que pisaba uno un estadio de fútbol.

Fue el año en que nos pararon dos guardias civiles y se dedicaron una tarde a acojonarnos, registrándonos y diciéndo lo que nos harían en los calabozos, que era donde tenía que estar chusma como nosotros. Un par de valientes con pistola al cinto y mano ligera contra tres chavales de 13 años que ni bebían ni fumaban, solamente iban juntos al cine una tarde de sábado.

Verano del 83, cuando empezó a escapar la infancia tras el muro del puerto, donde nos sentábamos a ver pasar los barcos de vela y les gritábamos “¡tiburón, tiburón!” porque no sabíamos nadar y, probablemente, nos daban envidía. Un verano de barrio caluroso y gris, con la calle recién asfaltada y partidos de fútbol que rompían los cristales de los escaparates y despellejaban las rodillas.

Fue el año en que murió Hergé dejando huérfano a Tintín y Milú. Cuando Kiss se quitaron el maquillaje y me parecieron los tipos más feos y amanerados del mundo mundial, pero cuyo “Lick It Up” se convertiría en uno de mis temas favoritos de siempre. Cuando los Accept editaron aquel “Balls To The Wall” con una portada que mostraba una entrepierna peluda y parecía decir “hemos salido del armario” pero que a nosotros nos parecían unos machotes de tomo y lomo. Y, sobre todo, el “Piece Of Mind” de Iron Maiden, una obra maestra se mire por donde se mire.

En el 83, cuando X. se cayó por una ventana y arrastró tras de sí toda la ropa de los tendales que le frenaron la caída y sólo se rompió un brazo. Antes de ir al hospital fue devolviendo las prendas a los vecinos. Por algo siempre fue el niño ejemplar de la escalera. Vivía en el quinto.

El año del estreno de “Scarface” con Al Pacino, a la que no nos dejaron entrar porque era para mayores de 18 años. Y el año de “Superman III” que sí pudimos ver y que era mala, malísima, salvo aquella escena en la que el héroe se enfrentaba a sí mismo en un desguace de coches.

El último verano en el norte. Quizá por eso lo recuerdo como el final de algo, el principio de todo.