martes, 13 de septiembre de 2011

Esperas

A todos los que nos habéis apoyado en estos días de la semana pasada, muchas gracias. Han sido unos días muy duros, de mucha tensión, de mucha intensidad. Y lo siguen siendo.
Desde el lunes pasado asumimos el horario de visitas de la UCI como si el mundo exterior hubiera dejado de existir, porque no había nada más importante que la batalla que se libraba allí dentro.
Eso es extenuante, pero la importancia de estar al lado de alguien que quieres y que lucha por vivir, hace que te sobrepongas y luches también. Hablamos, le decimos que lo queremos, le cogemos la mano y le contamos como van las cosas por ahí fuera.
Luego, se va uno a casa cabizbajo e intenta hacer las cosas que tocan según la hora pero, de pronto, se da cuenta de que nada es igual, que nada de lo que se está pensando tiene que ver con la rutina diaria porque ésta ha quedado aparcada a un lado de la carretera.

Rodeado de tubos, de máquinas que nos provocan un miedo atroz, pero que son el salvoconducto para quedarse aquí, para no irse lejos, notamos como respira. Cada bocanada de aire es un síntoma de salud, de vida, de esperanza.
De pronto un día asuminos todo eso con una normalidad que da el estar ahí una jornada tras otra. “La cosa va mejor” dice el médico. Y uno se sorprende, porque en esas situaciones que uno ya ha vivido, los doctores nunca pronuncian palabras como “bueno”, “mejor” o “bien”, no están en su vocabulario, las han cambiado por “veremos”, “hay que esperar” o “las próximas horas son cruciales”. Y entonces tú sales de la sala y empiezas a contar los minutos para ver si esas horas se dan un poco de prisa y desaparecen por el minutero como Max, el guerrero de la carretera, a quien nunca más nadie volvió a ver.