jueves, 15 de septiembre de 2011

La gasolina

Era muy temprano y no tenía gasolina en la moto. Había madrugado para que me diera tiempo a pasar por la oficina y después ir con calma al hospital.
Paré en la estación de servicio, puse la manguera dentro del depósito y lo llené hasta que no cabía ni una gota más de combustible.
Fui a pagar y, a la vuelta, antes de encender el motor me quedé mirando las dos opciones de diesel, el plus y el normal. Caí en la cuenta de que le había puesto el plus pero, lo más grave, es que la moto va con gasolina no con diesel.
Quité el contacto y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Qué hacer ahora. Si hubiera encendido el motor me lo hubiera cargado sin remedio. Por suerte siempre cierro la llave de la gasolina cuando me paro, así que el combustible sólo estaba en el depósito.

Se lo comenté al tipo de la gasolinera y me dijo que no había otro remedio que sacarlo si no quería quedarme sin moto, pero que él no sabía cómo hacerlo, que en cuestión de motos estaba pez.
Como hace algún tiempo un tipo intentó robarme la gasolina con una botella, sabía que no podía ser muy difícil. Aparqué y me puse a investigar. Intuí que el tubo que salía de la llave del depósito era el conducto que llevaba la gasolina al motor. Pedí una botella de plástico y un caldero, quité el tubo, puse la boca de la botella y abrí la llave. Respiré cuando vi, efectivamente, que el combustible, comenzaba a salir.

Una hora y media tarde en sacar los 17 ó 18 litros de diesel del depósito. Casi toda la mañana perdida pero, eso sí, no me quedé sin moto. Pensé en el problema que hubiera sido para todos quedarme sin vehículo. Un problema más, insignificante si se compara con todo lo que nos está pasando, pero que casi me desespera. Afortunadamente reaccioné con cierta calma y lo resolví.

Después, cuando de nuevo volví a llenar el depósito, esta vez correctamente, el dependiente sólo me cobró la diferencia de precio con el diesel. Los restos de combustible que habían salpicado aquí y allá echaban humo cuando el motor se calentaba al circular. Algunos coches que se paraban al lado me miraban, como si hubieran visto al Motorista Fantasma a punto de convertirse en una llama ardiente. Pero uno siguió con la cabeza alta orgulloso de su estupidez.