viernes, 2 de septiembre de 2011

Manitas

Siempre he montado los muebles de las casas donde he vivido. Y suena raro, pero la verdad es que ya he pasado por unas cuantas. En algunas he estado mucho tiempo, en otras apenas un año. Uno, que siempre ha querido echar raíces, ha descubierto que el mundo, la vida, le ha hecho llevar una vida moderadamente nómada estos últimos tiempos.

Ayer monté el mueble de Ikea número mil, por lo menos. Hay muchas personas que no se aclaran con el montaje, pero yo nunca he tenido problemas. Creo que se trata de seguir cierta pauta, ordenar las piezas antes de ponerse manos a la obra y perder cinco minutos para mirarse el folleto de instrucciones antes de tocar una sola madera.

El mueble en cuestión costó de encontrar. Lo vimos expuesto y pensamos que era, efectivamente, lo que andábamos buscando. Así que tras preguntar a tres empleados, que nos dijeron que estaba agotado y que ya no se fabricaría jamás de los jamases, encontramos un cuarto, señor vestido de amarillo, todo amabilidad, que rastreó por todos los Ikea de la ciudad hasta dar con cuatro unidades del dichoso mueble en Hospitalet. Así que fuimos con el coche, con prisa para que no cerraran, y lo conseguimos. Íbamos tan aprisa por los falsos decorados de “hogar dulce hogar” de exposición que parecía que huíamos de algo.

Y hoy ya tenemos el mueble montado, un precioso zapatero con espejo que ocupa todo el recibidor y que lo hace un poquito más grande.