miércoles, 28 de septiembre de 2011

Vidas

Era curioso ver en la tele uno de esos documentales donde la gente enseña como se ha espabilado para ganarse la vida. Una mujer que se dedicaba a hacer Tuper Sex iba a comprar la mercancía a un almacén enorme lleno de estanterías con los más diversos objetos sexuales.
El caso es que el dueño de aquel emporio era un señor muy discreto, bajito y con bigote, que estaba al tanto de cualquier nuevo avance en el terreno de los juguetes para adultos, como lo llamaba él, mientras esgrimía ante la cámara un enorme vibrador de color negro con sus testículos y todo.
Pero aún chocaba más ver que el señor había empleado a sus dos hijas. Una era la contable y la otra la que llevaba la gestión del almacén. Eran ellas dos chicas jóvenes, sentadas delante de un par de ordenadores, con las fotos de sus hijos encima de la mesa y rodeadas de inmensos falos que sustituían, digo yo, al florero de toda la vida.