miércoles, 23 de noviembre de 2011

Alas

Estaba en mi mesa, escribiendo, y el pájaro se plantó en el árbol que se ve tras el cristal de la ventana. Era grande, negro y con el pico amarillo. Uno no pudo evitar pensar en aquel relato de Poe, pero lógicamente no se trataba de un cuervo.
Aunque me iba moviendo, el pájaro no se asustaba, simplemente estaba allí, mirando nerviosamente a un lado y a otro. Yo seguí a lo mío y él a lo suyo.
Escribir es siempre un oficio solitario, pero ayer por la mañana, mientras notaba que me miraba, me sentí un poco menos solo. Y ahora, mientras escribo esto, aquí estamos los dos otra vez.