lunes, 28 de noviembre de 2011

Domingo por la mañana

M. se fue por la mañana temprano y cuando desperté estaba solo en casa. Desayuné en la cocina, unas tostadas con mermelada, un café y la radio. En la calle, el sol jugaba al escondite con las nubes, un día frío lleno de claroscuros y gente que se asomaba tímidamente a una mañana de domingo. Imaginé las terrazas de los bares oliendo a café, a los sinsabores de una noche de sábado, al inevitable pensamiento de que mañana es lunes. Puse una canción de Etiene Daho, “Rue des petits hotels”, un tipo que siempre suena a invierno aunque lo escuches en primavera, y me senté a escribir un artículo que se me resiste desde hace días.
Me acordé de los años en el ático, cuando los días eran así siempre. Uno tras otro. Y no parecían tan malos entonces. Aquellas madrugadas heladas, aquella gripe C, de corazón, malcurada, aquella nevera que llenaba para evitar la soledad.
Después volví a desayunar y, cuando oí la cerradura en la puerta, volvió a ser sábado otra vez.