martes, 8 de noviembre de 2011

En el submarino amarillo

Paré en un semáforo con los Betales sonado a un volumen considerable. “Help”, “Yesterday”, “Lucy In The Sky With Diamonds”… cuando, de pronto, a mi lado se paró otro coche. El tipo que lo conducía iba con su chunta-chunta a toda máquina, nunca mejor dicho. Pelo muy corto, una especie de cresta engominada y las puertas del automóvil temblando por los bajos que retumbaban por toda la calle.

Tuve que bajarles el volumen a Lennon y McCartney para que no se me estropeara el momento “submarino amarillo”. Aquel sujeto me miraba desafiante, una típica mirada que sólo he visto en las hienas que salen en los documentales de La 2, esa sonrisa estúpida que en realidad no significa nada más que la confirmación, más que probable, de que no habría en su vida más satisfacción que subir el volumen un poco más hasta dejar aturdido a todo el mundo.

No quería uno ponerse a su nivel, pero de pronto oí en la lejanía el comienzo de “Back In The U.S.S.R.” y pensé que una canción tan buena no podía dejarse tapar por una electrónica carente de sentido, de profundidad, de mensaje. Así que le di al volumen hasta el 20 más o menos. Y ahí estaban los cuatro fantásticos atronando, llenando la calle de toda una vida dedicada a la música, a la lucha por la libertad, a las causas perdidas. Al instante dejó de oírse al tipo de la cresta y su ridícula y monótona sintonía. No porque hubiera bajado el sonido, sino porque las cosas, cuando tiene una historia, un significado, no necesitan volumen para hacerse oír.