martes, 22 de noviembre de 2011

Perdidos

Ya he dicho muchas veces aquí que me gustan los aeropuertos… siempre y cuando no tenga que coger ningún avión. Me gusta verlos despegar y pensar que no voy dentro de ese supositorio con alas. Por supuesto que si un día me decidiera a cruzar el charco no habría más remedio. Eso, o meterse uno a marinero mercante e iniciar un viaje de meses y meses a través de los peligros del océano.

El otro día, un grupo de ancianos que habían volado desde Almería, habían perdido a un miembro de la expedición. Andaban todos de un lado a otro arrastrando carros llenos de maletas, apesadumbrados, y se habían dispuesto en un amplio círculo para decidir cual era la mejor solución para dar con el viajero extraviado. Pertenecían al Inserso y venían a disfrutar de unos días en Barcelona. De eso se enteró uno porque estaba cerca de ellos y la guía que llevaban hablaba para los oídos más reticentes. Es decir, a voz en grito.

De repente, desde el otro extremo del aeropuerto, apareció una señora agitando los brazos. Enseguida supimos todos que era el elemento que había provocado el incidente. Algunos respiraron aliviados para, luego, empezar a quejarse del retraso que habían acumulado.
-Es que me he “estraviao”- repetía la anciana, vestida con un chándal y una chaqueta de punto atada a la cintura, lo que le daba cierto aspecto juvenil que contrastaba con el pelo blanco.
El círculo de ancianos se convirtió rápidamente en una ordenada fila para dirigirse a la salida, donde les esperaba un autocar impaciente.