miércoles, 9 de noviembre de 2011

Urgencias

Ya eran más de las diez. Así que M. y yo salimos del hospital para irnos a casa. La puerta principal estaba cerrada y un cartel nos indicaba que la salida era por el ala de “Urgencias”. Empezamos a caminar por pasillos vacíos y solitarios. Se oían voces lejanas de las que uno no acertaba su procedencia y, de pronto, aparecía alguien arrastrando un carrito de limpieza o material médico. Seguimos caminando, recorriendo aquella ruta siniestra, siguiendo las indicaciones y las flechas buscando la salida.

Por sorpresa apareció el pasillo de urgencias. Todo cambió. Innumerables camas estaban apoyadas contra la pared con gente doliéndose, con la mirada perdida esperando que los atendieran. En el lado derecho, los boxes permanecían abiertos y dentro se quejaba alguien, paredes de baldosa, que uno se imaginaba salpicadas de los más ofensivos líquidos arrojados por el cuerpo humano, se sumaban a ambos lados del pasillo y, sobre todo, el olor. Un olor fuerte, mezcla de medicamentos, sudor y vómito que lo invadía todo. M. y yo tragamos saliva y procuramos pasar lo más rápido posible intentando, sin conseguirlo, no cruzar la mirada con los enfermos. La desolación en aquellos ojos, la pregunta de “cuándo me toca” era el interrogante que transmitían las pupilas de todas aquellas personas apiladas en una cola inhumana y desesperante.

Cuando salimos, al fin, a la calle, nos golpeo el frío de la noche, la lluvia de todos estos días que no parecía limpiar el ambiente que se nos había instalado en el alma. Caminamos un rato en silencio hasta llegar al coche y a mi me costaba respirar. Todavía tardé un tiempo en volver a coger aire como es debido para evitar un mareo creciente, una lipotimia inoportuna.

En la cama, ya de madrugada, no lograba librarme de aquella visión continuada que me hacía pensar en qué nos habíamos convertido. Parecía aquello un escenario de guerra, como si hubiera habido una catástrofe imprevista o alguien se hubiera empeñado en reproducir una escena macabra de película de ciencia ficción. Me invadió una gran tristeza hasta que me venció el sueño y, desde entonces, procuro salir siempre del hospital antes de las diez.