jueves, 1 de diciembre de 2011

Chorizos

Ayer, cuando salíamos alegremente cansados de la clase de Yoga, enganché a dos tipos robándome la gasolina de la moto. Desde lejos, mientras bajábamos la calle, los vi venir. Con sus capuchas y esos andares típicos de quien va a ninguna parte y siempre con mucha prisa. Yo iba con todas las precauciones del mundo, pero al girar la esquina y ver de lejos una botella a los pies de la moto, lo comprendí.
-Me están robando la gasolina –le dije a M. Y los tipos, que debieron ver que era uno el dueño de la moto, siguieron de largo como si nada. También podían haber parado y darme unos cuantos palos. Ya se veía uno poniendo en práctica los conocimientos obtenidos con las películas e Bruce Lee de los miércoles en La Sexta.

El método para robar la gasolina de estos motores es muy sencillo. Se extrae el tubo que va del depósito al motor, se abre la llave de la gasolina y todo el combustible sale sin problemas. Entonces el caco pone una botella para que se vaya llenando y se va a dar una vuelta. Cuando regresa se lleva la botella y tú te encuentras con el desaguisado.
Nosotros llegamos justo cuando ellos volvían a recoger el preciado líquido.

El caso es que es la tercera vez que se encuentra uno en semejante situación. No pasó nada, los tipos pasaron de largo, volvimos a colocar el tubito en el motor, puse de nuevo la gasolina -que ya estaba en la botella- en el depósito y nos fuimos a casa. Eso sí, con cierto malestar, con el miedo de que en cualquier parte pueden venir unos cabrones y provocar un altercado imprevisible. Porque si los pillas puedes liarte a golpes con el casco a diestro y siniestro o pueden sacarte una navaja… en fin no lo quiero pensar, aunque lo pienso desde ayer.