miércoles, 14 de diciembre de 2011

Telefónicas, no gracias

Cuando ponen anuncios en la tele, por regla general, suele entrarme el sueño. Sólo vuelvo en mí cuando emiten ese anuncio de telefonía donde sale un grupo de gente reunida. Hacen chistes, reclaman a su servidor toda una suerte de mejoras y tienen un buen rollete del copón. Y me pongo de mala leche porque si algo le molesta a uno es que lo tomen por imbécil. Desde que empezaron con este asedio salvaje –llamadas a horas intempestivas, sms en el móvil, ofertas a diestro y siniestro- las compañías tiene el poder absoluto para dejarte sin conexión a Internet o sin línea sin que les pase absolutamente nada. No hay nadie a quien reclamar, nadie a quien quejarse, es una impotencia total.
Esos pobres personajes que salen en el anuncio conforman en realidad una ciudadanía que a las compañías les gustaría tener y de hecho tienen. Es decir, un tipo de persona que vive por y para el teléfono, que forma parte ya de su propia mano, que pasa el día enviándose mensajes aunque no tenga nada que decir y que no están donde están, sino flotando por un mundo de plástico que se derrumba en cuando al móvil se le acaba la batería.
Si vivieramos en esa comunidad de vecinos donde la señora mayor se enamora del vecino de arriba, no nos engañemos, nadie le reiría la gracia. La llamarían guarra y la mandarían a su casa a ver la tele “que ya no tiene edad”. Y al pastorcillo que no puede votar no sé que mejora, porque se le cae el cordero dentro del Belén Viviente, se lo comerían –al cordero, claro- con patatas al menor descuido. Y a esa pobre tontita que sale al final, que está retransmitiendo la reunión y no se ha enterado si aquella anciana con ardores juveniles era “la tigresa” o “la loba”, acabarían marginándola porque no se entera de nada y no deja de dar la chapa con el puñetero chat.
Así que no me queda otra que cambiar de canal. Pero el asedio sigue ahí, porque la campaña es tan monstruosa que está por todas partes. Suerte de los libros. Para ellos necesito silencio y entonces lo mejor es apagar la tele... y el teléfono.