martes, 24 de enero de 2012

Decepción


En la librería experimenta uno cierto placer secreto. El hecho de poder mirar los libros, hojearlos sabiendo que hay millones de palabras, de historias que no se podrán leer es inquietante. Quisiera uno que el día tuviera unas horas más para poder dedicarlas a los libros. Pero incluso a la hora de dormir, después de haber madrugado, es poco frecuente el poder leer tres o cuatro páginas sin que aparezca el sueño de manera irremediable.

El otro día era ya tarde, las ocho más menos, y se entretenía uno mirando algunas novedades. No quedaba mucha gente, algún comprador de última hora y personas que apuraban un minuto antes de volver a casa después de trabajar.
Generalmente es este un lugar silencioso, pero el dependiente de los discos había decidido torturar a los clientes con la música a todo volumen. Los White Stripes sonaban sincopados e incómodos por todo el establecimiento. Y no es que no me gusten, al contrario, pero no era el momento ni el lugar. En fin, que andaba uno en medio de un sobresalto rítmico que le impedía concentrarse cuando, de repente, pasaron unos niños corriendo –uno de ellos en monopatín- dando gritos y montando un buen jaleo. Y no podía creerlo, qué demonios estaba pasando. Para acabar de rematar la faena, apareció un tipo joven que me miraba de reojo y que se paró delante de los discos buscando al dependiente. Cuando éste apareció, le gritó:
-¿Qué pasa, hombre, qué, vienes de hacerte una paja en el lavabo?
El otro le contestó con toda la naturalida del mundo que no, que venía del almacén.
Y uno, perplejo, empezó a sentirse incómodo en un lugar que se había transformado en un bar de noche, en una reunión de idiotas, en una guardería de niños exaltados…
Así que salí por la puerta sin haber comprado nada, un poco decepcionado, pensando en que era una pena que las cosas fueran como son, en la poca empatía del personal con sus semejantes, el poco respeto del mundo con el mundo. Será cosa de uno… es probable.