lunes, 16 de enero de 2012

La nevera

Fue uno al supermercado. La sola visión de una nevera famélica me recordaba a tiempos pasados que nunca fueron mejores. En casa de mis padres había un desierto en el frigorífico. A veces un limón solitario le hacía compañía a las estalactitas de hielo. De repente un día, por casualidad, alguién compraba cien gramos de jamón o una loncha de queso, incluso media docena de huevos. Y entonces hacíamos un festival gastronómico.
Siempre comíamos fuera, cada uno por su lado, cada loco con su tema. Así, que cuando uno se emancipó en cuanto tuvo el primer sueldo, se dijo a sí mismo que siempre había que tener víveres en previsión de la catástrofe nuclear que estaba por venir.
En una ocasión, volviendo de grabar el primer disco en Valencia, se encontró uno la nevera en aquel estado de anorexia de otros tiempos. Era ya de noche y ni siquiera tenía uno un yoghourt que echarse al estómago. Volvió aquella sensación, aquel olor de la nevera desenchufada. Al día siguiente la lista de la compra era la prioridad del día.