lunes, 13 de febrero de 2012

La brújula (1)


Aunque la previsión del tiempo no era muy optimista, se lanzó uno por esas carreteras del misterio el domingo pasado. A las cuatro de la mañana sonaba el despertador y a las cinco, después de un café caliente, ya emprendía la marcha por una carretera oscura y con forma de interrogante.

La noche anterior, en la radio, en la televisión y en los periódicos se habían sucedido las alarmantes informaciones sobre el mal tiempo que había teñido de blanco la mitad del país. Nunca he sido un conductor suicida, todo lo contrario, pero tenía que hacer este viaje inevitablemente, y tomé mis precauciones. Linterna, agua, un par de mantas, herramientas, caramelos, guantes, gorro, paraguas y, en fin, todo lo necesario para que en caso de una emergencia pudiera luchar uno contra los elementos.

Y efectivamente, aunque hasta pasado Aragón el frío fue el único handicap del camino, fue entrar en La Rioja y empezar a ver nieve a ambos lados de la carretera que, poco a poco, se iba haciendo más presente. A la altura de Navarra la cosa empezó a ponerse fea de verdad y uno empezó a experimentar cierta inquietud. Los carteles anunciaban que los quitanieves estaban haciendo su trabajo, pero el peligro del hielo sobre el asfalto hacía que no se pudiera pasar de cincuenta o sesenta kilómetros por hora. Eso, unido a que no había ni un solo coche por la carretera, evidenciaba más aún la soledad del camino.

Fueron solamente un par de horas, después la nieve fue desapareciendo para dejar paso a la lluvia. Un vendaval de agua y viento, una cortina entre la que difícilmente se podían adivinar las líneas de la carretera. Todo un desafío que uno sobrellevaba con mucha prudencia y la radio informando de las previsiones. Los deportes, los magazines dominicales y una sobredosis de informativos. Poca música, eso sí, porque siempre hace más compañía alguien que hable, aunque sea de algo -a priori- poco interesante.

Algunas veces, durante el camino, me dejaba llevar por los pensamientos. La monotonía de la autopista, aunque fuera en tales condiciones, siempre está ahí. Es como una maleta para el viajero. Se abandona uno a los recuerdos que anestesian el presente y la vida va pasando en fotografías. Algunas te hacen esgrimir una sonrisa, otras evidencian la tristeza de algunos pasajes recientes. Mientras tanto, el paisaje tras el parabrisas era un escenario borroso donde los árboles se inclinaban por la fuerza del viento.