lunes, 27 de febrero de 2012

Remember


X. estaba tan colocado que atracó el kiosco que había debajo de su casa. Tenía 16 años y había probado la heroína por primera vez un año antes. En nuestro barrio la droga entró como un vendabal. La transición de ser un sitio humilde pero tranquilo, a un lugar de referencia para los yonkis fue tan rápida, que no nos dimos cuenta hasta que para algunos fue demasiado tarde.
Nuestra calle no estaba asfaltada. Recuerdo que en el bar de la esquina, el dueño había instalado un vídeo en su televisión y ponía películas que alquilaba en el video club. Siempre eran las mismas, “Rocky III”, “Mad Max 2” y, sobre todo, “Perros Callejeros”. Aquella escena en que el gitano castra al torete con la navaja afilada, se mantuvo en mi retina durante muchos años.
X. fue el primero en caer. Cuando se tienen 15 años sólo se tiene edad para pagar los platos rotos, para cubrir con la inocencia de principiante las tropelías de quién te vende el material. Y eso fue lo que le ocurrío.
Aquel día en que la policía subió a su casa a buscarlo, porque la dueña del kiosco era su vecina y lo conocía desde pequeño, se lo llevaron con todo el barrio asomado a la ventana. Parecía un anfiteatro romano esperando que los leones devoraran a los cristianos.
Yo estaba con la bicicleta muy cerca del coche de policía. Cuando pasó a mi lado X. levanto la cabeza y me dijo “hasta luego”, como si fuera a volver en un ratito.
Y sí, claro que volvió, la vecina no puso denuncia y X. estaba en la calle un par de días después. Contaba las más ocuras historias de aquellos dos días en el cuartel y, cuando veía pasar un coche patrulla, torcía el gesto y procuraba desaparecer. Así empezó a convertirse en un delincuente común con una ficha en la comisaría dispuesta a cumplimentarse con cada uno de sus pasos.
Cuando me fui a vivir a Barcelona todos aquellos rostros, aquellas caras deformadas por la heroína, desaparecieron. Regresaba de vez en cuando, justo en el momento para ver como el barrio empezaba a cambiar. La ciudad crecía de dentro para afuera y lo que era el extraradio, acabó siendo una zona para vivir decentemente donde construyeron pisos nuevos y la gente podía acceder a una hipoteca.
De X. nunca supe nada más, algún rumor sobre desintoxicaciones y recaídas, pero el telón cayó sobre aquellas vidas como el final de una obra de teatro donde, después de la función, uno abandona la sala para no volver nunca más.