lunes, 19 de marzo de 2012

Cine

Me llevó M. al antiguo cine del pueblo. Disfruté mucho, no sólo de la película, -esa “No habrá paz para los malvados”, desenfocada, en una copia que daba saltos y una pantalla perdida en medio de un inmenso escenario de teatro- sino también de aquel viejo cine reconvertido en centro de múltiples actividades.
Sólo una señora atendía todos y cada uno de los oficios. Primero nos vendió la entrada –dos minúsculos papelitos que uno tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no perder entre los papeles de la cartera-, después le pasaba la fregona a los lavabos y se cuidaba de que todo estuviera en su sitio y, más tarde, a grito de “cuidado que voy”, arrastraba una mesa con ruedas donde, bajo una sábana negra, se escondía toda una exposición de chucherías y palomitas.
A uno le trajo muchos recuerdos de cuando, a los doce o trece años, se metía solo en los cines de Gijón a ver los estrenos que nadie quería ver. “Atmósfera Cero”, “Terminador” o “Heavy Metal” en unas salas con escaso público. Después, mi abuela se enfadaba y le decía a mi madre “esti neñu ye muy raru, siempre por ahí solu metidu en los cines..”