miércoles, 28 de marzo de 2012

El pino


Subido en lo alto de la escalera uno asume el riego de caerse. No sólo desde el último peldaño sino también de los seis o siete metros de desnivel del terreno.
Armado con una sierra, intento podar el pino que está poniendo todo perdido de resina, piñas de todos los tamaños y miles de pequeñas virutas. La enredadera a trepado por sus ramas haciendo nudos imposibles. No hay más solución que cortarlo todo poco a poco. Una labor que me lleva cuatro horas. La rama más alta está a punto de hacerme caer. Cuando se quiebra finalmente, antes de que la sierra llegue al final del corte, siento un impulso hacia abajo y tengo que agarrarme a la escalera antes de que me arrastre con su peso. Un pequeño susto que acaba en nada.
Respiro profundamente el olor del este árbol que debe tener ya muchos años. Es inmenso y tapa todo el paisaje que debería verse desde la ventana de casa. Se adivina el mar, allá a lo lejos, pero permanece escondido tras las ramas.
Cuando doy por terminado el trabajo, todo se ve más límpio, más ordenado. Me froto los brazos con alcohol para elminar la resina que no se va con agua. Escuecen las heridas que uno se ha hecho con las ramas que le han golpeado toda la mañana. Las hormigas, las arañas y alguna oruga, sorprendidas al quedarse súbitamente sin casa, buscan inquietas algún lugar donde rehacer sus vidas. Es como si un tsunami hubiera arrasado de pronto contra el lugar donde llevan tanto tiempo. Huyen en una loca carrera en busca de refugio. Y uno las mira y se siente un poquito mal, consciente de que el poder del ser humano es siempre injusto con otras criaturas.