lunes, 26 de marzo de 2012

La niebla


Como en aquella película de John Carpenter, la niebla daba un poco de miedo. Iba uno a la estación de tren a recoger a V. y, de pronto, en medio del trayecto, se encontró con una nube espesa y fría. Apenas se podía ver más allá del capó del coche. Los dos o tres vehículos que circulábamos a esas horas bajamos la velocidad a 40 o 50 kilómetros por hora. Y otros, los que presumían de conocer la carretera como la palma de su mano, se lanzaban en una carrera suicida contra el muro de la niebla a velocidades poco prudentes.
La nube, tal y como había aparecido, despareció. Como si se abriera un telón y empezara el espectáculo, las rayas de la autopista volvieron a aparecer aunque  de vez en cuando se estrellaba contra el parabrisas un cúmulo perdido y fugaz.
De regreso pasó exactamente lo mismo. En aquella zona volvía a desaparecer la carretera. No era de extrañar que alguna aparición demoníaca surgiera de pronto de la nada. Alguna de aquellas criaturas de Lovecraft, o el cuervo de Poe posado sobre una rama esperando algo…