miércoles, 21 de marzo de 2012

Mercería

La mercería es otro de esos lugares donde el tiempo parece haberse detenido. En esta tarde de recados que me ha apuntado M. en un papel, anda uno de aquí para allá. Una copia de la llave, algo para cenar y, finalmente, una goma elástica para las gafas de la piscina.
Mientras espero educadamente a que me toque el turno, me quedo absorto mirando las paredes del establecimiento donde no queda un hueco libre. Todo tipo de botones, broches, dedales y una enorme exposición de bragas y tangas sin costura son los testigos mudos de la historia del local. Algunas prendas son realmente espectaculares en tamaño, de color carne y con ese aspecto ortopédico que le resta cualquier erotismo implícito.
Todo ha sido colocado meticulosamente. Un orden necesario si la dependienta, una mujer que debe llevar aquí tanto tiempo como el inmueble, quiere encontrar las cosas en un santiamén. Y uno la imagina como aquellas solteronas de hace años, siempre con otra señora sentada en una silla en una esquina de la tienda, haciendo punto y mirando por encima de las gafas a los clientes –sobre todo si son hombres- controlando quién entra y quién sale.
En cuanto le pedí la goma elástica, sacó un muestrario donde había todo tipo de grosores y colores. Después de elegir la que más se parecía al original y pagar los 19 céntimos que costó, se fue uno a casa contento de haber pasado la tarde explorando las calles de esta ciudad  que tanto se parece aquella donde pasó uno sus primeros 14 años.