viernes, 16 de marzo de 2012

Recuerdos en venta


Con la venta de la casa me pasará, supongo, como con el ático. Nunca más volví a pensar en él como “aquellos buenos tiempos”. Sí que pasaron muchas cosas entre aquellas cuatro paredes, pero siempre lo recuerdo como un tiempo de vértigos, de no saber muy bien dónde ubicarse y qué camino seguir.
Aquellos vecinos, que parecían sacados de una comunidad de pequeños monstruitos, semejantes a los muñecos que guardo en las vitrinas, fueron toda una experiencia.
Como el señor J. que, ya al final, me pidió un préstamo de 50 euros porque no tenía para vivir. Después se iba a jugar a las cartas con sus amigos al bar de la esquina y debía meses y meses de alquiler. Como era el presidente de la comunidad, cuando había que cambiar una bombilla hacia colectas entre los vecinos y luego decía que las bombillas habían subido una barbaridad.
O J., que tenía nombre de jefe indio y era viudo. Yo había conocido a su mujer. Una señora que había empapelado las paredes con alfombras de vivos colores. Tuve que entrar en su casa un día que hubo una filtración de agua en la terraza. Como siempre estaba enferma recibía sentada en el salón, maquillada y con una bata rosa. Te invitaba a que admiraras la belleza de aquella estancia. Uno se sentía como en la sala de espera de un burdel, donde la madam hacía tiempo hasta que salieran las chicas para que eligiera el cliente.
Cuando murió su mujer, J. se dejó una perilla muy juvenil y salía todas las tardes a divertirse. No hablaba casi nunca con nadie y apenas saludaba. Un día, alguien se dio cuenta de que hacía una semana que la basura se había quedado en la escalera, frente a su puerta, y que nada se sabía de él. Alarmados sus hijos, después del silencio de dos semanas, la policía lo econtró sentado en el váter en una posición poco digna para morirse. Uno no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo sabiendo que su lavabo estaba justo debajo del mío y que allí había estado dos semanas.
Los inquilinos de toda la vida se estaban haciendo mayores. Las trifulcas con el dueño de la casa eran constantes. Uno nunca tuvo mucho problema con nadie, salvo con unos ecuatorianos que se instalaron en el piso de J., precisamente, y que montaban unos  escándalos de órdago a las tres de la mañana.
La verdad es que se podría contar mil anécdotas de aquellos diez años. La maravillosa vecina ninfómana, la señora P., que era mala, mala, mala; la señora M., con cierto aire varonil que siempre estaba apuntada a extraños cursillos, A. que fue la primera camarera de Studio 54 y era encantadora o mi última “pared con pared”, que vivía dos niñas en 30 metros cuadrados y decía que era relaciones públicas de no sé que sala de fiestas. Un zoológico humano en el que yo, no nos engañemos, no desentonaba lo más mínimo. Había que mimetizarse…