martes, 3 de abril de 2012

El regalo


Tocábamos siempre a altas horas de la madrugada. Versiones de pop español con la guitarra y el piano. Casi nunca venía nadie a vernos. De vez en cuando alguna temible despedida de soltera o turistas despistados buscando algo de comer a horas imposibles, pero nosotros cumplíamos con lo contratado y hacíamos dos pases de una hora.
El Maremagnum de Barcelona empezaba a perder fuelle. Casi nadie lo visitaba por aquel entonces. Había empezado siendo una zona de recreo bastante transitada, pero parecía agonizar en beneficio del Puerto Olímpico, un poco más allá.
El caso es que el dueño del local pensó que, teniendo música en directo las noches de los viernes y los sábados, la cosa se animaría un poquito. Pero no fue así.
Una noche más solitaria que de costumbre, nos sorprendió una pareja que vino a cenar. Ella era de Barcelona y él de México. Se acaban de ver por primera vez después de un largo romance por carta. Él era cantante.
-Allá en México conozco muchos locales para que vengan ustedes a tocar, que lo hacen muy bien –nos dijo.
Yo le ofrecí la guitarra por si quería tocar alguna de sus canciones y el tipo no lo dudó un instante.
La verdad es que fue enternecedor verlo cantar una canción un poquito cursi, sí, pero mirando a los ojos de su chica mientras ella lo miraba a él.
El dueño del local empezaba a ponerse nervioso. Su argumento era que había que llamar la atención con canciones conocidas. Pero yo hice oídos sordos.
No había nadie más en el local y, por un momento, estoy seguro de que sólo estaba aquella pareja, ni siquiera nosotros, ni siquiera los camareros con su molesto ir y venir entre las mesas.
Nos despidieron poco tiempo después. Ellos nunca volvieron por el bar  ni supe nada más. Puede ser que la historia acabara bien o mal. A decir verdad no importa. Aquella noche, estoy seguro, fue su noche. Una ciudad, una canción, una esperanza y esa sensación contagiosa de que nada más importa.
Fue un pequeño regalo que nos hicieron…