miércoles, 18 de abril de 2012

Semanica Santa (2)



Anda uno con una gripe tremenda. A punto hemos estado de quedarnos en casa pero, sentado en el asiento del copiloto mientras M. conduce, lleva uno como puede un malestar desagradable que se cura con la alegría de vernos y un desayuno estupendo. Son unos anfitriones maravillosos, hasta se siente uno un poco intimidado ante tanta generosidad. Sólo espera poderlos tener de invitados algún día para devolver algo de lo que nos dan. Y no habla uno de comida, precisamente.

En el maletero he metido un proyecto de guitarra que tiene su historia. Cuando andaba uno por los doce o trece años, un compañero de clase me trajo una madera a la que había dado forma de guitarra un pariente suyo que, por lo que parecía, había tocado en un conjunto cuando era joven. Es decir, que la guitarra en cuestión había sido hecha en los años sesenta. No tenía cuerdas, ni pastillas, ni nada, sólo la madera. Me la llevé a casa como un tesoro. Lo primero que hice fue ponerle una correa para poder soñar que era una estrella del rock. Después se me ocurrió pegarle una foto de una guitarra a tamaño natural que regalaron con un número de la revista "Rock Espezial". Pero el papel empezó a saltar en cuanto uno simuló dos o tres toques de púa y, ni corto ni perezoso, le metí una capa de pintura que acabó por ocultar la madera y convertirla en un objeto inútil, si es que no lo era ya.
El caso es que en la anterior visita descubrí que Q. era un experto con la madera y, tras contarle toda la historia de la guitarra, se ofreció para devolverla a su estado original. Y así ha sido. Me sorprendió la dedicación que le puso. Nada más tenerla en sus manos despareció en el taller y no salió de allí hasta tenerla lijada y con una capa de cera. Fue como volver a aquellos tiempos de colegio, como si tuviera delante una fotografía de aquellos años.