jueves, 19 de abril de 2012

Semanica Santa (3)


El primer día sólo salimos de casa para una visita corta a Zaragoza. No anda uno muy recuperado y los escalofríos que le pasan como una corriente por el estómago, sumados a un clima que parece invernal, exigen una retirada a tiempo. En el Pilar las procesiones han tomado la plaza. Una sucesión de cristos y vírgenes son ciertamente pintorescos. Y uno, que debe estar haciéndose mayor, empieza a encontrarles el gusto a ciertas visiones religiosas. La pequeña S. cree estar viendo la cabalgata de los Reyes Magos y no se asusta al ver a los encapuchados acompañantes de las imágenes bíblicas que siguen pareciéndome inquietantes…

El segundo día, aunque hay prevista una excursión a la montaña, acabamos prefiriendo una corta visita al jardín de piedra. Es un jardín donde en vez de flores hay, efectivamente, piedras de todas clases. Es como un lugar misterioso, como si hubieran bajado los extraterrestres y hubieran ayudado a la construcción de estos mehires que harían las delicias del bueno de Obélix. Un laberinto nos hace pasar un rato entretenido con los niños. Se trata de tener paciencia y seguir el camino hasta encontrar la salida. No es difícil, pero sí largo.

Después, comida en un restaurante donde las raciones son pantagruélicas. Una ensalada individual sirve para que comamos los siete. Así que optamos por racionar los pedidos. Aún así, sobrará tanta comida que nos la llevaremos para la cena. Pero antes, por la tarde, nos acercamos al estadio de la Romareda donde hoy juega el Barça contra el Zaragoza. Por supuesto no hay ni un sólo ticket. Uno hubiera entrado, sin dudarlo, para animar a los de Pep. Y pensar que hace tres años el verde del campo le producía a uno cierta urticaria. Quién me ha visto y quién me ve, desde luego.
El punto negativo lo ponen un puñado de descerebrados que aparecen portando banderas y bufandas donde se lee “Anticulé” a la vez que vociferan “puta Cataluña, puta Cataluña…”. Son uno grupo de veinte tipos amenazantes que nos pillan en un supermercado con los niños, que llevan puestas bufandas del Barça. Pese a que sugiero que tal vez sería mejor prescindir de las prendas por unos instantes, nadie me hace caso. Veo de reojo como las ordas salvajes nos miran y pienso que hay que ser muy idiota para creerse mejor que nadie porque haber nacido encima de un montoncito de tierra aquí a allá. Pero aquel odio era más que por un equipo de fútbol, era extensible a toda una población. Imbecilidad pura y dura.