martes, 26 de junio de 2012

Pum!


Eran como diez o doce personas mayores con un par de niños. Estaban frente al portal de casa. Hablaban a gritos y uno de ellos, el  más mayor, incitaba a los niños a probar algunos de los petardos que habían comprado para la noche de Sant Joan. 
-Pero venga, si no pasa “ná”… Jordi no tengas “mieo”!!!! – le decía al que parecía ser uno de sus nietos. 
Los niños no acaban de creerse que aquel petardo no fuera a hacer un ruido monstruoso, así que se apartaban. La algarabía de todos ellos se oía por toda la plaza.
Y se produjo el momento de la explosión. Sonó como un cañozado, como si se hubiera caído un edificio. Uno, que estaba intentando escribir, pegó un salto en la silla y a punto estuvo de salírsele el corazón por la boca.
El susto se lo llevaron también los niños y el abuelo. Este hacía chistes, pero estaba sorprendido de lo potente que había sido aquel cartucho de dinamita. No obstante, nobleza obliga, el hombre se vio obligado a repetir la experiencia para demostrar valentía. Así que otro estruendo.
La respuesta de los vecinos no se hizo esperar. Una señora les tiro un cubo de agua. Y claro, sólo faltaba eso para que aquellos machotes gritaran más, se excitaran más e hicieran, en definitiva, más ruido. Las mujeres del grupo, conscientes de que estaban molestando instaban a los hombres a irse para su casa, “que ya era hora”, pero ellos, sacando pecho, daban vueltas en círculos remoloneando antes de irse. Parecían perros buscando el sitio para mear. Finalmente se fueron haciendo sonar las bocinas de los coches. ¿Qué placer encontrará el ser humano en el ruido, en molestar a los demás por el simple hecho de hacerlo? pensaba uno mientras la calle se quedaba en un placentero silencio.