lunes, 29 de octubre de 2012

El cortador de césped

A medida que se acaba el mes, el césped del jardín sigue necesitando un peinado con raya al medio. Hay visitas que vienen a ver la casa, que dicen que les encanta, que se lo van a pensar, pero ¡ay! sólo les falta vender su piso para dar el paso… Y uno se queda con esa sensación de ser un maniquí animado dentro de un escaparate, repitiendo como un loro las veleidades de cuatro paredes donde ha pasado momentos inolvidables, momentos terribles, momentos, al fin y al cabo, que son la vida de uno mismo desde hace diez años.
Cuando llega el frío, algunas plantas parece que se esconden. El motor del corta césped las despierta. Es domingo, un poco más temprano porque hemos cambiado la hora. Respiro el aroma de los tallos recién cortados mezclado con una nube transparente de gasolina. Ahora para aquí, ahora para allá, es como un paseo que se repite mecánicamente hasta que al final el verde se transforma en una alfombra. Parece verano de nuevo, aunque las temperaturas hayan bajado repentinamente.
Después, uno se queda mirando el resultado y se arrepiente durante dos o tres segundos de poner la casa a la venta. Pero sólo es un pensamiento efímero y fugaz.