viernes, 16 de noviembre de 2012

La vieja Dama

Iba uno en el coche tranquilamente, escuchando música y pensando en sus cosas cuando se cruzó, de repente, con un cortejo fúnebre. Una caravana de coches negros con los cristales tintados siguiendo al de la funeraria. Por un momento fue como si se parara la vida, como si la música se detuviera con el efecto de la aguja haciendo “scrach” sobre el giradiscos. Un espasmo de realidad súbita, como una advertencia de la parca diciendo “estoy aquí y soy una realidad, no se me despisten”.
Cuando dejé atrás el cortejo, no me atreví ni a mirarlos por el retrovisor, por aquello de ser discreto con la Dama y no molestar. Se fueron haciendo más pequeños y la preocupación más grande. Y yo que venía tan contento.