viernes, 14 de diciembre de 2012

Vidas

Estaba uno pensando en sus cosas, en comprarse no sé que disco para navidades, cuando picaron al timbre. Cuando abrí, me encontré un hombre mayor.
-Hola, buenos días, soy vecino de aquí al lado, de la calle XXX, del número X. Verás, es que me he quedado sin trabajo y he tenido que empezar a pedir. Me da mucha vergüenza, pero es que ya no tenemos ni para comer…
Yo me quedé a cuadros, descolocado. En aquel momento no tenía nada que darle. El tipo me dio las gracias y se fue calle abajo en busca de la casa siguiente. La verdad es que me provocó una tristeza enorme, porque no se trataba de un indigente, era una persona que vivía aquí al lado que podría ser yo dentro de unos meses si las cosas siguen como hasta ahora.
Unos días antes, fui a buscar a V. a la estación. Mientras esperaba veía como una chica joven iba pidiendo de un lado para otro. Bien vestida, solicitaba una ayuda para comer. Me daba un poco de miedo, porque parecía que a su alrededor andaban dos o tres hombres que luego le pedían la recaudación. Cuando V. apareció por la puerta la chica se le acerco y V. le dio cinco euros. Yo la reñí, le dije que no andara sacando la cartera por ahí, que nosotros tampoco estábamos para regalar la pasta. Pero V. me dio una lección.
-Hijo, imáginate la situación de esta chica. A lo mejor es mentira y lo quiere para drogarse o para beber, pero sólo el tener que pasar la humillación de mendigar es suficientemente terrible en una sociedad como esta.
Y yo ya no tuve más que decir. La verdad es que se queda uno sin palabras.